Quedáte ahí sentado que ya viene papanuel – le dijo la
abuela. El chico obedeció sin chistar. Estaba un poco mareado después de probar
las sobras del vino escurriéndose de la mirada de los grandes. Nunca había
deseado tanto un regalo como esa noche. Así que respetó la orden.
Ya habían corrido la mesa sin mantel donde quedaban
algunos pedacitos de mantecol y otras pocas
nueces sin romper. El abuelo había dispuesto las sillas contra la pared para
hacer lugar al ritual de los regalos. Hasta el año pasado, el patio de la prefabricada del fondo había
resultado insuficiente para organizar la fiesta. Eran tantos los que venían que
siempre tenían que armar la mesa en la casa grande.
Pero esa era la
primera navidad desde la muerte de Graciela y hubo muchas excusas para no
venir.
Antonio y su mujer debían viajar a Rosario. Tenemos que
ir, viste Horacio – le dijo Antonio. Queremos
ver al Nestitor que desde que se
casó y se fue con esa otra no
manda noticias – intentó explicar el
faltazo Matilde, la vecina de al lado.
La tía Margarita y su marido tampoco vinieron. Pero no
queremos estar ausentes, así que le compramos esto a los chicos – dijo ella y
le dejó los dos paquetes envueltos con papel madera.
Carmen y Enrique la pasan en lo de Osvaldo – le avisó don
Chicho.
Y así fueron llegando los pretextos. La cuestión que esa
noche, la primera Navidad sin ella, solo estábamos en el patio chico el abuelo Armando, la abuela Elsa, papá y
nosotros dos.
Como me habían ordenado,
me quedé sentado esperando, bien quietito. Tenía que portarme bien. En
toda la semana no había hecho ninguna macana. Me contuve hasta cuando Marcelo
me dijo huerfanito. Que si no hubiera
sido por la Navidad y mi regalo, le
hubiera roto los dientes de un trompazo. No veía la hora.
Del regalo no le dije nada a nadie, ni a la abuela.
Quería ver si era verdad lo que me
habían dicho la vez que le dí el último beso en su frente de mármol. Eso, lo de
desear algo bien fuerte con el corazón para que se cumpla.
Por fin se abrió la puerta. Ví un inmenso gordo vestido
de rojo que traía una bolsa. Ho Ho Ho, decía. Podría ser papanuel – traté de
convencerme. Aunque eso era lo de menos.
El gordo me tocó la cabeza con las manos enguantadas de
blanco. Le ví los ojos. Se parecían a los de mi papá porque estaban tristes.
De adentro de la bolsa sacó un paquete envuelto en papel
madera, y otro azul más chiquito. Me los dio y los agarré agradecido pero los
dejé en el suelo sin abrir.
Pispié de reojo adentro de la bolsa, buscando el otro
regalo, el que yo más quería. Pero no me
atreví a reclamárselo.
¡Dále!, ¿que esperás?, ¡salí de ahí adentro!- supliqué en
voz bien baja para que solo ella me oyera.
Fabian
26/11/2011
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