Esperó que terminara la Segunda Guerra Mundial y nació.
Tenía la envergadura de “primogénita de su madre, primera sobrina y primera nieta”. Por eso, siempre fue “la Betty”. Nadie se refería a ella sin el artículo “la”. Un poco por cariño y mucho porque la sentían suya. “La Betty” de todos, de sus padres, de sus tías, de su marido, de sus hijas.
Nacida en el “llotivenco” y conocedora de todos los trucos para jugar en la vereda, se evadía escapando a la vecindad de California. Trepando árboles y casas de madera, olvidaba la postración de su padre, las operaciones que lo mantenían con vida. Dejaba por un rato el olor a alcanfor y eucalipto de la pieza y a la muñeca negra de porcelana. Olvidaba los retos de Ñata, que no supo perdonarle una.
Un día, había pasado por una juguetería y entusiasmada con una casita de madera en exposición, no pudo resistir el impulso de tomarla prestada y llevarla a su casa. El dueño del negocio, advertido del saqueo, concurrió inmediatamente a reclamar al conventillo. Betty fue obsequiada con una soberana paliza, que le dolió tanto como la vez que se cayó accidentalmente sobre el brasero y se quemó las rodillas. Aunque, en ese momento, se levantó y siguió caminando como si nada. No fuera cosa que notaran sus torpezas.
“La Betty” tenía dos vestidos que disfrazaba alternadamente, cambiándoles los lazos. A veces, ponía uno rojo con lunares, otras, algún verde o azul de raso. Con ellos iba a bailar a Sala Salud, o seguía a “Sandro y los de Fuego”, cuando Sandro todavía no era Sandro y “los de Fuego” no habían sido extinguidos por el tiempo.
Con dieciocho años pasó de una pieza a otra. Se casó y fue a vivir con el único hombre de su vida a un altillo. No tenían ni para el alquiler. Sin embargo, inconscientes responsables planificaban el futuro. Ese hombre la aceptó y la amó más que a nadie en el mundo, a pesar de no haber sabido comprenderla. Fueron felices, compartiendo lo que venía. Tuvieron, casi de un solo saque, tres hijas y después de varios campeonatos, una cuarta, el galardón final.
Me es difícil hablar de “la Betty” sin emocionarme, sin sentir una enorme gratitud. Sin pensar en las lágrimas que retuvo cuando le iban a hacer la primera “quimio”, el miedo que no quería mostrar y que se le filtraba por los ojos. Y esa actitud suya de levantarse y caminar, aún con las rodillas quemadas.
Es difícil no recordarla cosiendo de madrugada, para que las nenas tuvieran el top y la pollera nueva en Navidad.
Tantas veces la vi triste y no supe cómo acercarme. Y otras tantas le dije cosas sin derecho, como si fuera “mía”.
“La Betty” perdió muchas cosas por el camino. Quedó huérfana y enviudó tempranamente.
Perdió muchas cosas en el camino: pedacitos de cuerpo y retazos de sueños.
Sin embargo, hay algo en ella que está intacto: la capacidad de amar.
Y de perdonar.
Andrea Testa |